Si me acompañas

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Sod 22, el secreto
si te apetece, me acompañas.

martes, 14 de noviembre de 2017

La vida es ahora



Artículo que escribí para una revista que hoy ha regresado a mí:

Desde hace años quería hacerlo, era una de esas cosas que una se dice que lo hará algún día, que este verano no, pero el próximo o quizás en mayo que parece mejor época y habrá menos gente... De repente, un día “quiero hacerlo, este verano no, pero...” y al escucharme me di cuenta que se había convertido en algo dicho de memoria, como una de esas frases que se dicen una vez de verdad, pero luego son la copia de la copia, y puedes estar diciéndolas durante años sin que ya signifiquen nada... y en breve, también les sabrán a nada a los que las escuchan, porque cuando una habla de mentira, los demás escuchan también de mentira; sin quizás saberlo, pero sintiendo que aquello parecen palabras, pero no lo son. Palabras vacias, palabras-inercia, palabras eco sin fuerza y sin presencia, palabras que no lo son...
Me di cuenta que dejar para el futuro lo que quiero hacer en el presente es creer que la vida no es ahora, es querer aplazarla a un futuro incierto sin saber si para entonces, si es que ese “entonces” ocurre alguna vez, podré cumplir los muchos deseos que he relegado.
Así que me dije “este mismo verano hago el camino de Santiago”, y todo se dio para que así fuera. Tiempo para entrenar un poco, vacaciones, posibilidad de que ocurriera y la mejor de las compañías. De Ponferrada salimos, con las Bendición de un sereno y sabio fraile franciscano (y la propuesta de que este artículo fuera sobre el camino), para llegar diez días más tarde a Santiago de Compostela. 




¿Cómo se cuenta el camino? No se cuenta. Lo compartes con los que caminan contigo; lo recuerdas con otros que lo han hecho ya y lo aconsejas a los que te dicen que quieren hacerlo. Pero contar, lo que se dice contar...
Sí puedo relatar algunas cosas que el camino me explicó, por ejemplo, que cada recodo viene a decirte que el camino es incierto, como la vida; que no sabes qué te encontrarás  al traspasarlo, como en la vida; y que al recodo del camino no lo temes,  vas a su encuentro con ilusión y, sobre todo, con la confianza en los propios pies y en la tierra, ojalá que como en la vida.
También me contó, el camino, que lo que te sirve para un día; ya no, para otro, que lo aprendido ayer, tal vez, no sea información que puedas usar hoy, que hay que estar despierta, porque cada día tiene sus afanes y sus retos. Que con las experiencias, como con el amor, no se vale reciclar ni ahorrar ni guardar para mañana.
Me contó que ir más deprisa no es caminar mejor, que llegar antes o después no importa, que, de hecho, no hay antes y después, sólo hay camino, sólo hay ahora. Que es contagioso mostrarse alegre, digno aceptar las dificultades del camino con templanza, y bello no negar la vulnerabilidad del cuerpo y aún la del espíritu.



Me contó de la paciencia, de las resistencias, de los ritmos, de la amistad, del silencio, de atreverse, de permitirse recibir -que por falta de costumbre o por sobra de orgullo, pedir pido, pero no me sale del todo bien-, de la generosidad, de la humildad, de la pérdida, de algunos nombres propios y de tantos regalos que no van envueltos...
Dicen que el camino de Santiago te cambia. Supongo que cualquier camino lo hace, si prestas atención y estás atenta a los propios pasos. Puede que hoy sea alguien diferente y me parece algo bueno que el camino y la vida me cambie, porque siento que la vida es un camino perfecto, por mucho que a menudo quiera que sea como está ideada en mi cabeza, como si lo que yo inventara pudiera ser mejor que lo que la vida inventa para mí.


miércoles, 25 de octubre de 2017

jueves, 5 de octubre de 2017

Confianza



Porque, al final, la vida son días que pasan, y cómo decides pasarlos, sin juicio, como regalo, expectante y sin expectativas, ilusionada sin ser ilusa, amante y amada.
A veces, cuando estás a punto de tirar la toalla, la toalla decide devolverte una ducha fresca, nueva y te reconforta en el pensamiento, en la vivencia que nada depende de ti, pero que estar atenta y presente es el compromiso que vale la alegria adquirir.
La vida son días que pasan y vivirlos desde la confianza, tal vez sea la única manera de VIVIR.

jueves, 24 de agosto de 2017

A penas por encima del silencio


Escribo mejor en silencio, pero hoy me ha dado por hacerlo con música, he bajado el volumen hasta casi convertir en murmullo lo que escuchaba, algo así como que mis pensamientos pudieran estar un poquito, solo un poquito por encima de la música.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Diles, si los ves, que les echo de menos

Una amiga me pide que le deje el diccionario etimológico, el Coromines, por Joan Coromines, como le llamamos los que le tenemos cariño al conocimiento de la lengua, de las lenguas, cariño y respeto a la importancia de lo que se dice, de cómo se hace, de dónde viene la esencia de lo dicho.

Antes de dejárselo, extraigo de su interior papelotes que guardo. Sí, yo guardo artículos, notas, apuntes, tarjetas, puntos de libro, incluso fotos en los libros. Así cuando releo, ordeno o presto me vienen a visitar recuerdos de cuando ese libro me acompañaba.

Aparecen ante mí, desde las hojas del Coromines, apuntes de cuando estudiaba en la Universidad, y entre ellos una pregunta garabateada "¿Qué opina Juan Valdés sobre los grupos consonánticos cultos?". Y deduzco que una vez supe responder a esa pregunta.
Cómo cambian los intereses, pienso, las preguntas, los apuntes y las fotos que guardo en los libros, me traen pasados en los que, a veces, no me reconozco ya.
Son tantas las vidas y los renaceres que habitan en mí, -en cada uno de nosotros-, que muchas respuestas que tuve ya se borraron, de hecho, cuanto más pasa el tiempo, menos clara tengo cualquier respuesta. Por suerte,  más se simplifican también las preguntas.

Eso sí, leí, y me lo creo, que cuando no te devuelven un libro, es porque los libros prestados se sienten ninguneados y ante semejante desplante deciden no volver a manos de quien lo trató como un simple objeto. No es eso, Coromines, sabes que no, pero si decides no volver, lo entenderé. Lo mismo hicieron "Salto al vacío" y "La espuma de los días", por cierto, diles si los ves, que les echo de menos.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Un apunte

El árbol de la vida es un mapa, pero no es el territorio; un libro de instrucciones de una realidad más profunda.
Las letras del alfabeto hebreo son partes de ese mapa. Ellas construyen miles de trayectorias posibles, puentes, interrelaciones que tienen como telón de fondo la seguridad de conectarse, porque vienen y van al mismo punto, son la misma cosa. La unidad.

martes, 28 de febrero de 2017

Joaquin Costa con Peu de la Creu

Se llama Cedelina como su abuela que murió de pena cuando creía a su hijo muerto, de la Quinta del Biberón. Pero el hijo volvió y la madre ya no estaba. Lo cuidaron los nacionales, y por eso él siempre fue franquista, por agradecimiento más que por convicción. Y a ella, su hija, la llamó Cedelina como la abuela, como su madre a la que lloró y no pudo enterrar.

Cedelina me cuenta del colmado, el más antiguo del Raval, al menos, dice con la misma familia, 80 años, cuenta. Pero ahora no sabe, su marido murió, él sí tenía mano en el negocio, que lo había mamado de pequeño ya; que ahí donde ahora es almacén, hay cuatro habitaciones donde vivían, donde vivió su marido hasta los 8 años. Luego fue solo negocio, pero el año pasado murió, a nueve meses de cumplir los 65, y Cele que la d se volvió l no sabe cuando, escribe su nombre en un papel para que lo vea bien, que no tiene santa ni nada, que lo ha preguntado a algún cura y que por lo visto es nombre de flor. Cele ya está cansada, se le nublan los ojos y me señala la foto del marido que preside el colmado lleno de vinos, historia y turrones. Si su hijo se lo queda, bien. Sino lo traspasaran o no sabe bien.
Entra una vecina a comprar bombones, son muy buenos y solo por un euro, me dice la vecina, que así él, un él del que no cuenta más, mientras saborea el bombón no fuma y "mira, un poco mejor sí es", "aunque ahora va y le saldrá azúcar". Miro a Cele que me acaba de contar que su marido era diabético y que de eso murió. Pero ella sonríe y no le da más imprtancia al comentario de la vecina que se lleva tres cajas de bombones a un euro cada uno. Que los pruebe me dicen.
La vecina se va.
Y Cele y yo nos damos las gracias mutuamente por el ratito que hemos pasado.
Y yo que no sabía porque había entrado allí, no al principio, al menos, me llevo una caja de bombones, un ratito y una botella de vino de pagés, sin nada artificial, me dice, como su historia pienso.